NO JUZGUEMOS

Uno de los hábitos más peligrosos que tenemos los seres humanos es nuestra capacidad para juzgar absolutamente todo lo que hacen todos los demás.

Nuestro juicio no se detiene ante nada ni ante nadie, porque nuestra vocación para enjuiciar es más poderosa de lo que nosotros mismos nos imaginamos.

Sería muy importante para nuestra vida espiritual tratar de encontrar la razón profunda por la que juzgamos, porque de esta manera comenzaremos a andar el camino que nos llevará a liberarnos de esta pesada carga.

Juzgamos porque  nos sentimos superiores? Juzgamos porque nos sentimos inferiores? Juzgamos porque estamos dominador por un espíritu de juicio que no nos abandona?

Cualquiera sean las respuestas que nos podamos dar, las pongamos delante del Espíritu para que nos guíe, nos aconseje, nos enseñe y nos muestre el camino del arrepentimiento para luego ser perdonados.

Pensemos cuánto daño podemos haber causado con nuestros juicios, acertados o no, pero fuera de todo ámbito espiritual, porque no hemos sido mandados a juzgar.

Hemos sido mandados a ayudar a nuestros hermanos en dificultades,a nuestros hermanos que pueden estar cometiendo errores pequeños o importantes, pero siempre merecedores de nuestra misericordia y no de nuestro juicio.

No juzguemos porque con el mismo rigor con que lo hagamos seremos juzgados. Tengamos misericordia y amor y no pensamientos de juicio.

Romanos 14:10

Diego Acosta García

ISRAEL: CUESTIÓN DE DIOS

Es notable como a lo largo de la historia siempre hubo hombres que trataron de dominar, sojuzgar e incluso de imaginaron que podían hacer desaparecer de la faz de la tierra al Pueblo de Dios. Y también es notable como los hombres nunca entendieron ni tampoco aceptaron que en estas circunstancias hay una inexorabilidad que no está al alcance de la voluntad humana.

Solamente Dios es quién toma determinaciones sobre su Pueblo. Por esta razón deberíamos los hombres de este tiempo aprender las lecciones del pasado y entender que  si no aceptamos esta realidad tampoco seremos capaces de valorarla en toda su magnitud.
Desde siempre hubo quienes intentaron hacer desaparecer a Israel, a su pueblo y a su memoria y desde siempre todos estos intentos fracasaron uno tras otro.

Por esta razón cuando se ha iniciado el trámite dereconocimiento del estado de Palestina debemos de tener presente, que nada pueden hacer los hombres ante las decisiones de Dios.
Cuando el Templo de Jerusalén fue destruido en el año 70 desapareció el último símbolo de Israel y de su seña de entidad espiritual.

Han pasado más de 1.900 años y los historia de los hebreos es un largo y muchas veces penoso éxodo cuando no persecuciones y muertes.

Las Naciones Unidas deben hacer respetar primero el pleno derecho de uno de sus Estados miembros en contra de las continuas agresiones que sufre, ejerciendo por tanto el legítimo derecho a la defensa. Entonces y solo entonces podrán los hombres buscar una solución al estado palestino.

Desde 1.948 Israel ha debido enfrentarse a sus agresores en seis guerras ganadas ante enemigos notablemente más numerosos y con el férreo propósito de hacer desaparecer a los hebreos. Estas seis guerras demuestran que Dios cuida de su pueblo?

Las circunstancias nos acercan a los tiempos del Séptimo Milenio. Desde 1.948 luego de casi 1.900 años los judíos recuperaron su Estado, desde 1.967 recuperaron el pleno poder sobre la indivisa Jerusalén y desde la guerra de ese año también recuperaron parte de la Tierra Prometida.

Israel, es cuestión de Dios. Recordamos para propios y extraños la profecía formulada hace alrededor de 2.800 años: Pero Judá será habitada para siempre, y Jerusalén por generación y generación.

Diego Acosta García

IMPORTAN LOS RESULTADOS?

Muchos nos preguntamos cuando veremos los pequeños verdes brotes de nuestra siembra, especialmente si esa siembra es espiritual y proclamando el Evangelio.

Estamos ansiosos por ver un día cuántos hombres y cuántas mujeres creyeron en el Salvador como consecuencia de nuestro esfuerzo, de nuestra perseverancia.

Y ese afán que puede ser legítimo, se transforma poco a poco en un desencadenante de una serie de emociones que finalmente nos podrían hacer dejar la tarea que emprendimos con tanto amor y dedicación.

Estamos preparados para no ver los frutos de nuestra siembra? Por qué necesitamos ver los frutos de nuestro trabajo? Es que buscamos la recompensa de los hombres?

Estas preguntas son necesarias para que nos respondamos con el máximo de sinceridad, sin pretender engañarnos con argumentos que pueden ser válidos para los demás, pero que son inválidos delante de Dios.

Un viejo evangelista declaró que en más de 30 años de predicar la Palabra nunca tuvo constancia de que siquiera una sola persona se hubiera convertido por haber recibido su mensaje. Pero él proclamaba que durante más de 30 años había sido fiel al mandato que Dios le había dado y que con eso le bastaba.

Este viejo evangelista no buscaba ni precisaba la honra que podemos dar los hombres. Él buscaba que fuera Dios quién lo honrara. Con este ejemplo pensemos en nosotros mismos y recordemos que es lo verdadero.

Juan 4:37

Diego Acosta García

MOVAMOS LAS MONTAÑAS

Siempre nos ha impresionado la afirmación de que podemos mover montañas, porque es algo que supera nuestra imaginación, porque resulta difícil siquiera pensarlo.

Mirar una pequeña loma, con una mínima elevación sobre el horizonte y pensar que la podemos cambiar de lugar, es algo que desde nuestra lógica humana es poco menos que imposible.

Y por qué entonces se nos enseña que la podemos cambiar de lugar? Es que se trata de un desafío para probar nuestra capacidad de imaginación? O es que se trata de un desafío a nuestra fe?

Pensamos que de de esto último se trata, de que es un desafío a nuestra fe. Por qué razón? Porque es evidente que nosotros no podemos cambiar una montaña de lugar.

Sin embargo se nos ha dado poder para hacerlo. Y entonces por qué no lo conseguimos? Por qué no lo logramos? Porque el poder que nos ha sido dado es para tener la fe de que es posible de que una montaña se puede cambiar de lugar.

Y en eso y solamente en eso consiste todo lo que nosotros podemos hacer para lograr un milagro semejante. El resto, el mover la montaña lo hará Dios con su Poder, cuando sea Su tiempo y cuando Su Voluntad lo determine.

Movamos los obstáculos de nuestra vida. Tenemos poder para hacerlo con nuestra fe, para que Dios sea quién lo haga.

Marcos 11:23

Diego Acosta García

ENSANCHEMOS LAS ESTACAS

Puede parecer sorprendente que en estos tiempos de modernidad estemos hablando de estacas, de ensancharlas, de hacerlas más grandes, de darles unas dimensiones mayores.

Pero si las relacionamos con nuestros pensamientos, con nuestras ideas, con aquello que guardamos como perspectiva para nuestra vida, entonces y solo entonces, comenzaremos a darle otro sentido.

Ensanchar está utilizado en el sentido de no ser escasos, de no reducir nosotros mismos nuestras posibilidades, para no ser menores en aquello que pensamos o en aquello que anhelamos.

La mayoría de nuestras limitaciones provienen de nuestros criterios, de que no somos capaces de alcanzar otros logros que aquellos pobres que nuestra mente se ha imaginado.

Nos olvidamos con mucha facilidad que no fuimos creados para ser escasos ni limitados, por eso recibimos por gracia dones y talentos para ser mejores y no para ser inferiores.

Cambiemos nuestros pensamientos e imaginemos que estas estacas que nos están limitando, tienen que ser removidas y ampliadas para que nada acote nuestra relación con Dios y con los hombres.

Estamos llamados a ser grandes y no pequeños, importantes y no menores, influyentes y no ignorados, porque somos hijos de Dios y porque Él tiene propósitos que nosotros nos empeñamos en hacerlos pequeños.

No seamos escasos y pensemos que los propósitos de Dios para nuestra vida, no son tan pequeños como nosotros.

Isaías 54:2

Diego Acosta García

CADA DIA

Es notable como nos afanamos por todo. Y en el afán de querer controlarlo todo perdemos de vista las cuestiones más importantes sobre las que verdaderamente debemos centrar nuestra atención.

A veces deseamos revisar el pasado, no para aprender de los errores sino para tratar de enmendar cosas que evidentemente no tienen ninguna posibilidad de ser corregidas.

Otras veces nos preocupamos por el futuro haciendo planes e imaginando situaciones que casi nunca se cumplen, porque son cosas que están basadas en nuestra imaginación y en nuestro esfuerzo.

La cuestión es centrarnos en lo verdaderamente importante: que no es otra cosa que este día, que terminará cuando comience otro, así como se inició cuando terminó otro.

De tan preocupados que estamos con el pasado o con el futuro, nos olvidamos que nuestra máxima preocupación debe ser hacer en este día lo que debemos.

Es inútil que pensemos en el pasado porque nada podremos alterar de lo ocurrido. Y tampoco que programemos el futuro porque no está a nuestro alcance resolver lo que vendrá.

Dediquemos nuestro esfuerzo en este día con el máximo entusiasmo, porque mañana ya no podremos hacer absolutamente nada por él. No nos perdamos en fantasías que agotan nuestra imaginación y nuestras fuerzas.

Pensemos que nuestra obligación es este día. Del futuro se encarga nuestro Señor.

Mateo 6:34

Diego Acosta García

RECONSTRUIR EL MURO

Es posible que tengamos que reconstruir el muro de nuestra fe porque haya sido dañado por las circunstancias, por los problemas, por las situaciones que debimos afrontar en nuestra vida.

Ante esta gran obra nos pueden flaquear las fuerzas y entonces podemos llegar a admitir que el muro aunque derruido sigue existiendo, aunque no sea todo lo poderoso que debiera.

Pero también puede ocurrir que tomemos la decisión de reconstruir el muro a pesar de nuestras flaquezas, de nuestras debilidades, a pesar también de que muchas de las circunstancias que contribuyeron a derribarlo todavía subsisten.

Lo importante es asumir que la reconstrucción es una obra imprescindible para que nuestra relación con Dios no sea dañada, para que no haya nada que nos impida acercarnos a Él.

Tampoco es tiempo de juicios, porque no somos los únicos que tenemos el muro de la fe dañado, ni tampoco somos los únicos que tenemos que reconstruirlo.

Es tiempo de pensar que así como Nehemías asumió la reconstrucción del muro como un acto concreto de su relación con Dios y por tanto no tuvo miedo a la magnitud de la obra ni a la acción del enemigo por impedirlo, nosotros podemos obrar de la misma manera.

Reconstruyamos el muro. Tengamos en una mano la herramienta de la decisión y en la otra la espada que es la Palabra de Dios. Así nadie podrá impedir que triunfemos.

Nehemías 4:18

Diego Acosta García

LA RESPUESTA

Cuando esperamos que alguien nos responda sobre algún tema importante nos invaden sensaciones muy diversas, que dependen de lo que nos imaginemos en cada momento.

Pasaremos de la tensión y la angustia a la tranquilidad y la euforia, mientras se cumple el tiempo fijado para que recibamos la contestación que estamos esperando.

Todo esto cambia radicalmente cuando esperamos una respuesta de Dios, porque los tiempos ya no los podemos determinar y porque sabemos que Sutiempo es diferente de los nuestros.

Pero de algo podemos estar muy seguros. La respuesta de Dios siempre llega en el momento preciso, ni antes ni después de que precipitemos en tomar decisiones o que prolonguemos situaciones inútilmente.

La respuesta de Dios es siempre concreta y nunca dubitativa, por eso debemos estar atentos para saber de qué manera Él nos contestará para no afectar nuestra fe y nuestras actitudes.

En esto radica la confianza que debemos de tener cuando nos enfrentamos con situaciones verdaderamente importantes. Muchas veces esas expectativas no están relacionadas con cuestiones materiales, pero sí con decisiones espirituales profundas.

Confiemos en la Misericordia de Dios. No nos arrebatemos con decisiones que pueden resultar equivocadas. Esperemos confiadamente que Él no se olvida de nosotros por la maravillosa razón de que nos Ama.

Salmos 41:1

Diego Acosta García

EN TIEMPOS DIFICILES

Cuando nos enfrentamos con situaciones que podríamos llamar extremas lo más importante es recordar, que antes que nosotros otras personas atravesaron por dificultades aún mayores que las nuestras.

Esos ejemplos nos ayudan a saber reaccionar y a saber cuál es la actitud correcta en cada momento, para no caer ni en la desesperación ni en el fatalismo.

Uno de los casos más notables para recordar es el de María, la madre del Salvador: Cuando recibió el anuncio de que Dios la había elegido para cumplir con semejante rol, mantuvo la calma y la serenidad.

Seguramente no pensó que podría perder la vida por el cruel método de la lapidación, que todavía se aplica en algunos países. No pensó que iba a llevar un estigma imborrable por ser madre sin estar casada.

Ella creyó que la situación que debía enfrentar formaba parte de las decisiones de Dios y por tanto debía confiar en que Él cumpliría su palabra de no desamparar a quién precisa su ayuda.

María no tuvo miedo porque confió, no se desesperó porque creyó, no se rebeló porque sabía que en la obediencia está la Gracia de Dios para librarnos de todo mal.

En la hora de la prueba, confiemos sin temor y sin vacilaciones. El Señor estará a nuestro lado para siempre.

Lucas 1:38

Diego Acosta García

LAS BUENAS PALABRAS

Podemos llegar a creer que mientras no caigamos en la maledicencia, todo lo que sale de nuestra boca son buenas palabras y que reflejan nuestros verdaderos sentimientos.

Pero pronunciando buenas palabras, queda la duda de si son auténticas o son palabras que aún pareciendo buenas tienen intenciones ocultas, como lo que llevamos en el interior de nuestro corazón.

Las buenas palabras no deben de tener la intención de halagar a la persona que las escucha. Sobre eso fuimos advertidos por Pablo, sobre no agradar a quién nos oye.

Las buenas palabras tampoco tienen que llevar la intención de ser agradables, comedidas, bien humoradas y dadas al cumplimiento de las buenas maneras. Es decir, no debemos ser hipócritas.

Las buenas palabras tampoco deben tener la intencionalidad de llegar a la persona que las recibe con el dulce envoltorio de la lisonja gratuita o el elogio injustificado.

Las buenas palabras deben provenir de nuestros mejores sentimientos y si corresponde que sean de estímulo, deberán ser de ayuda y si corresponde que sean de advertencia, tendrán que ser serias y siempre con amor.

Que nuestras buenas palabras sean mensajes verdaderos y comprometidos, para que sean de bendición y no de maldición.

Proverbios 18:4

Diego Acosta García

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