Cuando era niño el tobogán era uno de mis juegos favoritos, para subir y bajar una y otra vez.
En aquel tiempo era un simple juego de madera que se podía encontrar en cualquier plaza, por modesta que fuera en la ciudad donde vivía.
Recuerdo que me llamaba la atención, lo odioso que me resultaba a veces, que para bajar, había que subir escaleras que me parecían demasiado altas.
Subir significaba un esfuerzo mucho más grande, mientras que la caída era muy rápida y muchas veces terminaba en llantos por los golpes.
A pesar de todo, era divertido!
Ahora cuando veo un tobogán recuerdo a los de mi niñez y pienso en cómo se parecen a lo que ha sido mi vida, aún después de ser creyente.
Cuántos esfuerzos hago para subir como si estuviera en un tobogán, para llegar a esa breve meta que es la base desde donde comienza la caída.
Con un poco de imaginación este juego se parece mucho a un círculo, en el que una y otra vez pasamos de lo alto a lo más bajo, repitiendo la situación continuamente.
Muchas veces me he preguntado: Hasta cuando estaré en un tobogán?
Con todo lo difícil que es, la respuesta es muy sencilla: Hasta que mi fe sea superior a mis dudas!
Cada vez que creo que estoy llegando a lo alto, se produce la caída, porque mi fe no es tan grande como para enfrentar el tiempo malo.
Hasta cuándo? Hasta que consiga hacer que mi fe, no decaiga ante los problemas, las dificultades, los errores.
Entonces podré subir hasta llegar a Jesús!
Hebreos 10:23
PT – Retenhamos firmes a confissão da nossa esperança,
porque fiel é o que prometeu.
ES – Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza,
Por decisión del rey español Felipe II, comienza a actuar el Tribunal de la Congregación de la inquisición, en contra de la llamada herejía holandesa.
De esta manera las autoridades comienzan a ejecutar a los condenados a muerte.
Esta decisión sería uno de los asuntos que provocaron la llamada guerra de los 80 o la Guerra de las Religiones, que enfrentaron a católicos y protestantes.
Tienes hambre? Esta pregunta tan realista, también puede ser formulada en sentido figurado y el concepto cambia de dimensión.
Una persona que tiene hambre lo primero que debe recibir del prójimo, es el alimento que la sustente, que le renueve las fuerzas a su cuerpo.
Esto es esencial para la vida!
También hay quienes tienen hambre…sin saberlo!
Es una clase de hambre que no se mitiga ni soluciona con alimentos, porque es la sensación que se inicia en el vacío interior.
Cumpliendo una ley física, el vacío siempre será ocupado por algo. Esto no significa que lo que ocupó el vacío sea lo mejor ni siquiera lo más conveniente.
Por lo que la sensación de vacío se vuelve a sentir con más intensidad y lo que es peor, como una necesidad insatisfecha a pesar de haber sido ocupado.
Esta reflexión acerca del hambre físico, puede trasladarse perfectamente al hambre espiritual!
Lo afirmo porque lo he comprobado durante muchos años de mi vida, en los que busqué y no hallé. Pero a pesar de eso seguí perseverando en buscar lo que necesitaba.
Así fue como Jesús entró en mi vida…para saciar el hambre espiritual que tenía!
Puede que para muchos resulte casi infantil esta manera de referirme al conocimiento que tuve del Señor, pero es así como ocurrió.
No hizo falta que hubiera grandes anuncios, ni grandes manifestaciones estelares. Fue todo tan sencillo, como es el gesto de brindarle alimento a quién lo necesita.
No lo olvidemos. Hablemos de Jesús al prójimo ahora mismo, porque puede ser que tenga hambre y ni el mismo lo sepa.
Juan 6:35
ES – Jesús les dijo: Yo soy el Pan de Vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre;
y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.
PT – E Jesus lhes disse: Eu sou o Pão da Vida; aquele que vem a mim não terá fome;