CONGREGACION del SÉPTIMO MILENIO

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EL PRÓJIMO

Mateo nos revela en su Evangelio como los saduceos trataron de confundir a Jesús, tomando luego el papel de acosar al Hijo del Hombre los fariseos.

En realidad buscaban los fundamentos para poder enjuiciar a quién los discípulos identificaban como el Mesías.

Los fariseos entonces le preguntaron a Jesús por el gran mandamiento en la Ley y Jesús les respondió, como consta en Mateo Capítulo 22 versículos 37 al 40:

37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

38 Este es el primero y grande mandamiento.

39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.

Esta respuesta está basada en lo escrito en el Libro de Levítico, Capítulo 19, versículo 18:

18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.

Esta afirmación llamada con el nombre de Segundo Mandamiento, es el texto que se cita en mayor número de veces en el Nuevo Testamento.

Y nos preguntamos: Quién es el prójimo?

Jesús estableció que lo deberíamos amar como a nosotros mismos. El Hijo del Hombre estaba estableciendo el principio de la egolatría? Es más que evidente que esta absurda teoría no se sostiene en el contexto de la enseñanza del Maestro.

Pero, insistimos: Quién es el prójimo?

Quién es ese personaje tan importante para Jesús?

No cabe duda que se trata de aquellas personas que estando próximas a nosotros, no forman parte de nuestros afectos, no forman parte de aquellas personas que son nuestros amados.

El prójimo, tal vez sea ese hombre anónimo o esa mujer desconocida, que un día tenemos frente a frente y que precisa de nuestra ayuda. Y esa necesidad se origina en el hecho de que nadie tiene la intención de remediar su situación.

No sabemos quién es y mucho menos sabemos su identidad, pero tenemos la firme convicción de que la debemos ayudar.

Ese es el principio del amor al prójimo!

Recordando un ejemplo rotundo, imaginemos al buen samaritano que socorrió a quién nadie quiso socorrer.

No sabía ni quién era, ni de dónde venía ni a donde se dirigía, pero precisaba su ayuda y la dio por completo. Ese hombre al que ayudó el samaritano era el prójimo.

Puede ser el mismo hombre al que ayudamos a subir una escalera o la mujer a la que simplemente saludamos con una sonrisa, en una plaza sin nombre, un día cualquiera.

Incluso, el prójimo, podemos llegar a ser nosotros mismos el día en que precisemos ayuda y nadie nos socorra. Hasta que aparezca alguien con amor y nos tienda la mano que necesitamos.

Oremos por nuestro amor al prójimo, como nos demanda Jesús!

Diego Acosta – Alemania

www.septimomilenio.com

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