AGRADAR
Es probable que la gran mayoría de nosotros vivamos pensando en lo que los demás opinan de nosotros, lo que genera una especial forma de vivir y de comportarnos.
Buscamos agradar para ser admitidos, para ser reconocidos, porque es un rasgo esencial de la condición humana el sabernos valorados por las demás personas.
En esa búsqueda invertimos muchos esfuerzos y afanosamente no solamente buscamos agradar sino que también intentamos ser como las otras personas querrían que fuéramos.
Curiosamente contra más nos esforzamos menos resultados logramos porque comienza
a operarse en nuestro interior, un cambio realmente peligroso.
Podemos llegar a un estado en el que somos más como los demás suponemos que desearían, que como realmente somos y se nos plantean auténticos problemas de lo que podríamos llamar la identidad.
La búsqueda de agradar a los demás es un afán además de peligroso inútil, porque nunca conseguiremos nuestros objetivos así como tampoco nos mostraremos como realmente somos.
La verdadera raíz del problema es que el afán de agradar domina nuestros actos y nos olvidamos que somos seres únicos e incomparables y por tanto somos una joya de la Creación.
Agradar a los demás es completamente diferente de ser una referencia para los demás, que es lo que se nos demanda porque Dios tiene un propósito único e intransferible para cada uno de nosotros.
Efesios 6:6
Diego Acosta García


El momento de ofrendar es francamente precioso si lo que tenemos en nuestro corazón está en la línea con lo que nos enseñó el Apóstol Pedro cuando junto con Juan, sanaron un cojo.
Y más inquietos nos quedamos cuando sabemos perfectamente el escaso dinero que tenemos en nuestro poder y entonces sacamos cuentas acerca de lo que podemos dar y con cuánto nos vamos a quedar.
Volver a la niñez espiritual es lo que se nos reclama para que podamos sentirnos humildes ante quién nos creó y no adoptar posturas que los hombres creemos que son las mejores.



