VENECIA PELIGRA

ANTIVIRUS

La que fuera una de las grandes potencias europeas, se angustia ahora ante una nueva inundación que se ha convertido en la segunda de toda su larga historia. Italia padece grandes tormentas, con la pérdida de vidas y enormes costos materiales.

La crecida de las mareas sumada al aumento del nivel del mar, están convirtiendo a Venecia en una evidencia de los problemas que antes o después afrontará el mundo.

Esencialmente, son los originados en el derretimiento de las grandes masas de hielo que obviamente, contribuyen a que paulatinamente se incremente el nivel de las aguas.

Concretamente, esta es la gran amenaza que afrontarán probablemente en el corto plazo, todas las poblaciones costeras tanto las que están levantadas sobre los mares internos, como el Mediterráneo, como aquellas que se erigen junto a los grandes mares y océanos.

Una vez más, recibimos la advertencia acerca de nuestro Mandato de Mayordomía sobre la Tierra. Es ineludible y nos será reclamado, a cada uno de nosotros.

Diego Acosta

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PEQUEÑO…

DEVOCIONAL

En medio de los afanes, las dudas y las certezas, siempre he confiado en el Todopoderoso!

Siempre!

Pero en un momento, cuando resulta especialmente difícil imaginarse no ya el futuro sino los próximos días, ocurre algo extraordinario que convierte lo dudoso en maravilloso.

Y es entonces cuando se pueden comprender varias cosas. Una de ellas es la verdadera dimensión del ser humano, frente al Eterno que todo lo puede cambiar, cuando extiende su mano con Amor y Misericordia.

El ser humano pequeño, recibe la Gracia que lo convierte en un hombre distinto, no por sus fuerzas, ni por sus talentos, sino porque ha recibido el aliento majestuoso de ÉL.

Y lo más notable de todo, es que contrariamente a lo que en el mundo se pueda pensar, no estoy hablando de dinero, sino de cuidado, de protección, del Amor superior que solo Dios nos puede dar.

En la hora del agradecimiento y la alegría, elevemos nuestros ojos hacia la única Deidad verdadera!

Romanos 5:5
ES – Y la esperanza no avergüenza;
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo que nos fue dado.

PT – E a esperança não traz confusão,
porquanto o amor de Deus está derramado em nosso coração
pelo Espírito Santo que nos foi dado.

Diego Acosta / Neide Ferreira

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LA EXCELENCIA

CONGREGACIÓN
SÉPTIMOMILENIO

Una de las máximas del mundo, es la de buscar la excelencia. Obviamente se está aludiendo a un nivel de calidad que se convierte en digno de ser elogiado.

De esta manera colocamos en un alto escalón, todo aquello que realizamos para sobresalir, para destacar la obra de nuestras manos o poner de manifiesto nuestros talentos.

Bien podríamos decir que en la sociedad se utiliza la excelencia como una de las herramientas más sofisticadas para obtener resultados que puedan ser admirados por encima de lo que consideramos la media de calidad.

Esta cuestión surge como resultado de una conversación que mantuve con un respetado pastor, que en una oportunidad me preguntó sobre cómo me encontraba.

Le respondí que muy bien, pero también muy cansado, argumentando que no solamente trabajaba mucho, sino que también buscaba en cada cosa que hacía llegar a la excelencia.

Él, por toda respuesta me dijo: Has pensado como está tú nivel de vanidad?

Esa noche, volví a pensar en el tema tratando de encontrar una explicación a lo que el pastor me había dicho. Y sobre todo a tratar de aclarar por qué había vinculado la excelencia con la vanidad.

En el fondo la cuestión es bastante simple: Si nos pasamos el día buscando la excelencia, lo más probable es que dejemos de hacer lo que es nuestra responsabilidad, porque estaremos más ocupados en exaltarnos que en cumplir con nuestras obligaciones.

En términos del mundo podríamos argumentar que por buscar la excelencia, estamos afectando nuestro rendimiento y en cierta forma estamos incumpliendo con nuestro deber.

En términos espirituales, llegados a este punto es cuando podemos advertir que efectivamente esa búsqueda de la excelencia, que supuestamente estamos ofreciendo a Dios, no es otra cosa que nuestra vanidad en acción.

El Eterno no nos demanda ni sacrificios ni perfecciones, nos demanda obediencia para que seamos fieles con aquello que es el Propósito para nuestra vida.

Al advertir esta relación entre excelencia y vanidad, no tuve menos que pedir perdón al Supremo por la necedad de mi actitud de disfrazar mi orgullo con la máscara de una falsa humildad.

Sirvamos al Señor con alegría, porque ÉL conoce la magnitud de nuestros talentos!

Diego Acosta / Neide Ferreira

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