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HONRA A…

Por las expresivas palabras de una joven mujer, pude volver comprobar lo difícil que puede resultar cumplir con los Mandamientos del Eterno.

Me explicaba con dolorosos detalles los problemas que tenía con su madre y con la indiferencia de su padre para tratar de solucionarlos.

En estas situaciones los argumentos resultan muy poco convincentes, sobre todo cuando es el propio Dios el cuestionado.

Como es posible que deba honrar a mis padres si son una parte de la tragedia de mi vida?

Creo firmemente en la Obra del Espíritu Santo, que nos capacita y pone las palabras apropiadas en nuestra boca y en el momento preciso.

No intenté convencer a la joven ni tampoco utilicé ningún argumento con relación al Altísimo. Solamente le dije que si se nos había mandado a honrar a los padres, solamente por eso era una razón suficiente para hacerlo.

Sin condiciones ni tampoco tratando de justificar situaciones especiales. Los padres deben ser honrados siempre, aunque nos cueste lágrimas y sufrimiento.

Un día llegara que el Supremo hará Justicia y nos brindará el Consuelo que nos falta y cumplirá la promesa que nos alienta.

Deuteronomio 5:16

Honra a tu padre y a tu madre, como Jehová tu Dios te ha mandado, para que sean prolongados tus días, y para que te vaya bien sobre la tierra que Jehová tu Dios te da.

Deuteronômio 5:16

Honra a teu pai e a tua mãe, como o Senhor, teu Deus, te ordenou, para que se prolonguem os teus dias e para que te vá bem na terra que te dá o Senhor, teu Deus.

Diego Acosta / Neide Ferreira

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EL RIESGO DEL CONSEJERO

CONGREGACIÓN
del SÉPTIMO MILENIO

Pero Ahitofel, viendo que no se había seguido su consejo, ensilló su asno, se levantó y se fue a su casa en su ciudad; y después de poner la casa en orden, se ahorcó. Así murió, y fue sepultado en el sepulcro de su padre. 2 Samuel 17.23

Cómo debemos actuar cuando otros no aceptan nuestros consejos? Para entender bien el dramático final de esta historia necesitamos considerar el lugar que ocupaba Ahitofel entre los consejeros del rey. No hace falta deducir nada del texto, pues el mismo historiador nos dice que «el consejo que daba Ahitofel era como si se consultara la palabra de Dios, tanto cuando aconsejaba a David como a Absalón» (2 S 16.23). Este hombre no solamente era una persona con una evidente gracia de Dios para aconsejar en los problemas más complicados. Era, además, una persona que durante una larga trayectoria se había acostumbrado a que los hombres más poderosos de la nación lo consultaran en todo. El pueblo y los funcionarios lo tenían en alta estima.
Llegó, sin embargo, el día en el cual el usurpador del trono, Absalón, decidió desatender el consejo de Ahitofel. Su decisión se basó en el consejo de otro hombre, Husai. A Absalón le pareció mejor este segundo consejo, y descartó la palabra que le había dado el hombre que durante años había dirigido los pasos de David. En un sorprendente desenlace, Ahitofel volvió para su casa, puso en orden sus asuntos, y se quitó la vida.
Ser escuchado como consejero tiene cierto efecto intoxicante en nosotros. Cuánto más nos escuchan, más propensos somos a creer que nuestro aporte ha sido muy importante para la resolución del problema. Cuando nuestra trayectoria como consejeros es extensa, siendo muchos los que han acudido a nosotros para recibir sabiduría, no ha de sorprendernos la facilidad con la cual se instala en nosotros la idea de que nuestra participación en toda decisión es indispensable.
La naturaleza de un consejo, no obstante, es precisamente que se ofrece en calidad de sugerencia, no de mandamiento. Algunos piden que compartamos con ellos nuestro parecer en cuanto a determinada situación, porque aprecian el aporte que podemos hacer. Pero ninguno de los que acude a nosotros, como líderes, está obligado a hacer lo que nosotros aconsejamos. La buena consejería se construye sobre esta premisa: el respeto absoluto por la libertad que tiene la otra persona para tomar sus propias decisiones (y también para acarrear las consecuencias de ellas).
¿No es así el trato de nuestro Padre Celestial con nosotros? ¡Él puede ser, en ocasiones, sumamente persuasivo! Pero todo el misterio de nuestra relación con Dios gira entorno del hecho de que Él respeta nuestra libertad de elección. Richard Foster declara que «Dios nos concede perfecta libertad porque Él desea criaturas que libremente escogen tener una relación con Él… Relaciones de este tipo nunca pueden ser manipuladas o forzadas». De la misma manera, un consejero sabio hace el regalo más precioso a las personas que lo escuchan cuando les da libertad de aceptar o rechazar sus consejos.

Pr. José Gilabert

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TRANSITORIOS

Uno de mis grandes problemas personales, es el que está relacionado con la facilidad con qué me olvido de mi condición de transitorio… de perecedero.

Y por qué ocurre esto?

Tal vez porque en el fondo los humanos nos negamos a pensar que nuestro fin se acerca cada día que vivimos.

Obramos con una frivolidad impresionante, como si nuestro final pudiera llegar en términos de miles de años y no en términos de días, meses o años.

Siempre que advierto que esto es así, me aboco a ser  extremadamente fiel con el control y uso de mis tiempos.

Le asigno valor a cada segundo de mi vida, aunque resulte exagerado, por la sencilla razón que ignoro cuando será mi final y por tanto trato de hacer todo lo que se me reclamará.

Cuando con Adán y Eva adquirimos la condición de transitorios, debemos darle un nuevo valor al tiempo y a lo que hacemos durante cada hora de nuestra vida.

Debemos recordar que también somos Mayordomos de nuestro tiempo!

Isaías 5:11-12

PT – Ai dos que se levantam pela manhã e seguem a bebedice! E se demoram até à noite, até que o vinho os esquenta!

Harpas, e alaúdes, e tamboris e pífanos, e vinho há nos seus banquetes; e não olham para a obra do Senhor, nem consideram as obras das suas mãos.

ES – !Ay de los que se levantan de mañana para seguir la embriaguez; que se están hasta la noche, hasta que el vino los enciende!

Y en sus banquetes hay arpas, vihuelas, tamboriles, flautas y vino, y no miran la obra de Jehová, ni consideran la obra de sus manos.

Diego Acosta / Neide Ferreira

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