Frívolamente el mundo recuerda que para el hemisferio norte comienza el otoño y que para el sur, la primavera.
Nadie recuerda que esta certeza que tenemos los humanos, deriva de la promesa que Dios hizo a Noé tras el diluvio.
Dijo Jehová: No volveré a maldecir la tierra a causa del hombre y estableció las estaciones, definiendo las más extremas, el frío y el calor, según podemos leer en el Octavo Capítulo del Libro de Génesis.
Es trascendente que recordemos, aunque se trate de cuestiones aparentemente sin importancia, que todo lo que vemos y lo que desconocemos es Obra del Eterno.
Mientras repasaba algunos hechos de mi vida, advertí que contrariamente a lo que declaro, sigo insistiendo con algunos de mis argumentos.
Por qué lo hago?
Creo que por la sencilla razón de no admitir que estaba equivocado y también, para no dar la razón a quienes piensan distinto y acertadamente.
Cuánto me cueste admitir los errores, aunque se trate de pequeñas cosas, casi insignificantes, pero que están relacionadas con mi orgullo, con mi vanidad.
Incluso a veces, hasta podemos usar el pomposo argumento de que se trata de una cuestión de honor y por lo tanto no podemos reconocer que nuestros pensamientos no eran correctos.
Lo grave y lo triste, es que cuando una persona cae en esta especie de torbellino de palabras y actitudes, no advierte que en realidad todo está relacionado con Dios.
Y si persisto en el error personal, lo que estoy haciendo es practicar una forma de rebeldía, ya que me estoy comportando fuera de las normas que el Eterno ha establecido.
Ahora estoy convencido, que persistir en el error además de ser una necedad, es una forma penosa de apartarse del Altísimo.
La mujer sunamita que había sido madre según el anuncio del profeta Eliseo, al morir su hijo tuvo una reacción impresionante y aleccionadora.
Cuando el acompañante de Eliseo le preguntó como estaba, ella sencillamente contestó: Está todo bien y buscó hablar con el profeta.
Creo que es evidente el dolor de la mujer por la pérdida de su único descendiente, pero a la vez revela su convencimiento de que todo está bajo el control de Dios.
Todo lo que es bueno para cada uno de nosotros y lo que no lo es. Así de terminante fue la postura de la sunamita y así debe ser la de todos quienes nos llamamos hijos de Dios.
Obrando de esta manera, dejaría de quejarme, dejaría de mirar lo que hace mi prójimo y buscaría cumplir con aquello que el Eterno ha puesto en mi mano.
Está todo bien…significa que acepto todas las decisiones del Señor. Todas!
Sin discusiones, con aflicciones tal vez pero sin rebeldía, entendiendo que los propósitos del Altísimo son de paz y no de mal, como se lo reveló al profeta Jeremías.
Está todo bien…porque es lo que Dios ha dispuesto!
Él obrará con Amor y Misericordia, como obró con la mujer sunamita, usando a Eliseo para resucitar su hijo!
2 Reyes 4:26
Te ruego que vayas ahora corriendo a recibirla, y le digas:
¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido, y a tu hijo?
Y ella dijo: Bien.
1 Reis 4:26
Agora, pois, corre-lhe ao encontro e dize-lhe:
Vai bem contigo? Vai bem com teu marido? Vai bem com teu filho?
En estas horas el pueblo judío conmemora el Yom Kippur, una de las fechas más importantes, de alto contenido espiritual y de gran recogimiento.
Es el día en el que cada hombre y cada mujer, se humillan delante del Eterno para pedir perdón por los pecados cometidos y para clamar por la expiación.
De allí el alto significado que tiene la fecha en el que cada persona hace confesión íntima ante el Altísimo de todos los errores cometidos, grandes o pequeños.
Se ponen así de manifiesto ante el Todopoderoso el sentimiento de egoísmo que está en el corazón de cada hombre y mujer, que se traduce en sacar provecho del prójimo en cualquier circunstancia.
Yom Kippur es también un día de ayuno, como para refrendar con el control de la carne todo aquello que se busca mejorar en el espíritu.
Quienes no somos judíos pero aspiramos a compartir las promesas de Jehová a Abraham, deberíamos considerar seriamente para nuestras vidas el significado de esta fecha tan especial, para humillarnos y pedir perdón por nuestras malas obras.
En mis primeros tiempos de creyente, un maestro comentó que lo mejor que podíamos hacer quienes nos habíamos convertido en seguidores del Señor, era estudiar constantemente.
Confieso que me quedé bastante sorprendido pues no me esperaba este tipo de consejos, ya que en el fondo pensaba que se me diría algo más grandilocuente, más espectacular y no algo tan sencillo y esencial.
Como es de suponer finalmente entendí la profundidad de aquello que había escuchado y la necesidad que sigo teniendo de profundizar más y más en la Palabra de Dios.
Con el entusiasmo que tengo por las cosas del Eterno, cada día comprendo algo muy concreto: El estudio me sirve para saber… cuánto ignoro!
Y esto, aunque pueda parecer contradictorio es muy bueno, porque me ayuda a luchar contra la vanidad natural de todo ser humano.
Y también me ayuda a no declinar en el esfuerzo, porque el único propósito de saber cada día más, es para poder dar por gracia, lo que me fue dado por Gracia!
Hay quienes atribuyen al tiempo, hechos que son inequívocamente obra del Creador.
Un caso, es el de las relaciones que se rompieron en un determinado momento y que luego, se restauran. El tiempo? O Dios?
Tengo la convicción que en todo lo concerniente a la especie superior que somos, la Única Autoridad es el Eterno.
Por tanto, debo creer que en cada reencuentro, que en cada situación que permita que dos personas, vuelvan a tener trato cordial, existe indiscutiblemente el Poder del Altísimo sobre sus vidas.
La creencia popular atribuye al paso del tiempo, el hecho en que situaciones de conflicto, de antagonismo, sean superadas.
Si fuera así y si solo dependiera del tiempo, como se explican que haya distanciamientos de años y años?
Creo que Dios y solo Dios puede lograr la restauración, en estos casos o en otros, en los que los motivos de las rupturas se consideren insuperables o definitivos.
Seamos fieles al Señor y estemos atentos a sus decisiones. Solamente así, advertiremos como ÉL prepara todo lo que es bueno para mí y para cada uno de nosotros.
Más de una vez he tenido que actuar con la máxima prudencia ante preguntas que no sabía responder.
Que quiere decir máxima prudencia?
Significa guardar mi ego, mi vanidad, mi orgullo y declarar que no tenía la respuesta y más precisamente, la certeza de saber la respuesta correcta.
He comprobado que esta actitud siempre es la mejor, porque de lo contrario podemos quedar en evidencia sobre nuestra falta absoluta de humildad, que es más grave que no saber.
Jesús enseñó acerca de cómo debemos obrar en toda situación, por difícil que sea, apelando siempre a la Verdad y solamente a la Verdad.
Si yo pretendiera engañar a alguien con una respuesta que desconozco, me estaría engañando y lo que sería doblemente grave, estaría engañando en el nombre del Eterno.
Aparentar ser sabios es una de las más torpes actitudes humanas!
No debo permitir que la soberbia gobierne mis palabras, porque entonces estaría cometiendo una especie de auto-destrucción, simplemente por no ser humilde como el Hijo del Hombre mandó.
Mateo 11:29
Llevad mi yugo sobre vosotros,
y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallaréis descanso para vuestras almas.
Mateus 11:29
Tomai sobre vós o meu jugo,
e aprendei de mim, que sou manso e humilde de coração,
Provoca mucha tristeza en mi ánimo, comprobar cómo hay personas que ante la menor dificultad dejan de esforzarse y cumplir con lo que deben.
Esto es fácilmente verificable en el mundo, pero también tristemente entre quienes nos llamamos hijos de Dios y por lo tanto es doblemente más grave.
Por qué abandonamos los propósitos que tenemos que cumplir?
Esta pregunta y su respuesta están en relación directa con nuestro crecimiento espiritual, que al verse sometido a la menor presión, no resiste la prueba.
Estoy verdaderamente preparado para la adversidad?
Puede que sorprenda este interrogante, pero resulta fundamental plantearlo porque es la mejor manera de probar que soy un hijo de Dios y que estoy en condiciones de afrontar todo lo que eso significa.
No voy a dejar de hacer lo que tengo la convicción que debo hacer, solo porque tengo una dificultad. Precisamente para eso y por eso, por mis humanas debilidades, cuento con la fortaleza y el apoyo de Dios y de su Hijo.
No estoy solo frente a la adversidad!
Sabiendo y creyendo en esto, seré fiel a lo que se me ha mandado y el Eterno no pondrá en otras manos, lo que le encomendó a las mías.
Mi parte del Plan del Altísimo, la cumpliré yo!
Proverbios 16:3
Encomienda a Jehová tus obras, Y tus pensamientos serán afirmados.
Es evidente que la indolencia como forma de vida, no es buena, sino todo lo contrario porque lleva a desaprovechar todas las circunstancias favorables que se puedan presentar.
Es casi obvio, el riesgo de la indolencia!
Pero si llevamos esta forma de comportamiento con la vida espiritual, la cuestión es infinitamente más grave, porque no solo afecta nuestra vida presente, sino la vida eterna.
Esta reflexión es casi una constante en mi vida cotidiana, porque pienso que cosas hago y cuántas otras dejo de hacer, exclusivamente por mi falta de rigor.
No se trata de exaltar el hacer por el hacer mismo, sino de ser cumplidor de todo aquello que Dios ha puesto en mi mano para hacer.
Está claro que no me será demandado aquello que supere mis fuerzas o capacidades, sencillamente porque nunca me será pedido.
Pero si se me demandará todo aquello que estuvo en mi mano y por indolencia pura, dejé de hacer, comprometiendo así una parte de la Obra del Eterno.
Luchemos contra la indolencia, contra el conformismo, contra la desidia. El premio es demasiado grande como para no intentarlo!
Jeremías 48:10
Maldito el que hiciere indolentemente la obra de Jehová,
y maldito el que detuviere de la sangre su espada.
Jeremias 48:10
Maldito aquele que fizer a obra do Senhor fraudulentamente!
E maldito aquele que preserva a sua espada do sangue!