Jesus y Mateo Papyrus azul celeste

JESÚS Y MATEO-8

MATEO 1

La Genealogía de Jesucristo, tiene otra cuestión que es objeto de estudio.

1:12  Después de la deportación a Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.

Las opiniones están relacionadas con Salatiel y Zorobabel, debido a que en 1 de Crónicas 3:19 se menciona a Zorobabel, como hijo de Pedaías, que fue hermano de Salatiel,  los hijos de Pedaías: Zorobabel y Simei. Y los hijos de Zorobabel: Mesulam, Hananías, y Selomit su hermana.

La explicación que los estudiosos encuentran a esta situación, está en el Libro de un profeta, Hageo 2:23 En aquel día, dice Jehová de los ejércitos, te tomaré, oh Zorobabel hijo de Salatiel, siervo mío, dice Jehová, y te pondré como anillo de sellar; porque yo te escogí, dice Jehová de los ejércitos.

Los estudiosos entienden que probablemente Salatiel adoptó a su sobrino Zorobabel, hijo de su hermano Pedaías.

Esta referencia contribuye a poner de manifiesto la importancia que se concedía a las Genealogías en los tiempos del Antiguo Pacto o Antiguo Testamento.

1:16(a)Este versículo adquiere especial relevancia, por cuanto es el único en el que se omite la palabra engendró, y Jacob engendró a José, marido de María, de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.

Engendró es sustituido por de la cual, aludiendo directamente a María que había concebido por Obra del Espíritu Santo y no por su unión física con José, a Jesús llamado el Cristo.

Esta aclaración tiene dos vertientes. Una, que en un sentido estricto Jesús no era descendiente de José, pero la Genealogía establece que Jesús conserva el derecho al trono de David, como su legítimo heredero. Para una mayor claridad deben diferenciare los conceptos. Jesús no era descendiente carnal de José pero sí su legítimo heredero.

Esto corrobora que la Genealogía de Mateo, concede la legitimidad de Jesús al trono de su antepasado el Rey David, a través de José, hijo de Jacob.

Diego Acosta

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CRECER

CONGREGACIÓN
SÉPTIMO MILENIO

MENSAJE

Así como en la vida natural estamos en continuo proceso de crecimiento, en la vida espiritual debemos hacer exactamente lo mismo.

Pablo nos advirtió que no podemos ser siempre criaturas, sino que deberíamos acompañar la profundización de nuestra relación con Dios, en la medida en que profundizamos nuestros conocimientos sobre ÉL.

Con todo lo que tienen de lógica estas cuestiones, no siempre las entendemos y por consiguiente, tampoco las aplicamos. Lo que resulta evidente es que lo que se espera de nosotros es que seamos fieles en esta parte de nuestra vida de creyentes.

Cuando fuimos niños nos ayudaron, nos cuidaron y nos dieron las primeras lecciones. Es necesario que recordemos esto para tener actitudes buenas hacia quienes están comenzando el mismo proceso que iniciamos hace años.

Esta prudencia debe aplicarse especialmente en las congregaciones, en las que se registra un ingreso continuado de personas, que aceptaron a Jesús como su Señor y Salvador.

Cuando pienso en esta cuestión, tengo un especial agradecimiento a la mujer que Dios encomendó los primeros tiempos de mi conversión, porque fue gracias a ella, que el cambio en mi vida pudo dar frutos.

Lo sorprendente de este recuerdo, es que no está relacionado con las cuestiones gratas entre maestra-discípulo, sino que está vinculada con la dureza que a veces ella empleó en la enseñanza.

Recuerdo que una vez me dijo que ya no iba a orar más por mí, afirmación que me causó una profunda impresión e incluso una también profunda desilusión. Sin embargo, su condición de vieja maestra, le permitió abordar el tema para que la relación continuara y también mi necesario crecimiento.

Ella me dijo simplemente: Te ha molestado lo que te dije, verdad? Pero sí no lo hacía así, estarías siempre buscando intermediarios en tu relación con el Señor y ÉL no quiere eso. Desea que cada uno le hable, le honre, para que pueda obrar en tu vida. Dios no quiere intermediarios!

Así fue como comencé a crecer, de forma inesperada y gracias a esta lección de sabiduría que mi maestra me dio. La vida espiritual, no se corresponde con la física.

Cuando envejecemos, nuestro cuerpo lo evidencia. Pero en nuestra relación con Jesús, siempre deberemos ser como niños, porque así nos podremos postrar ante su Majestad, con temor y temblor, pero sin ninguna clase de miedos.

Diego Acosta / Neide Ferreira

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